Dice el refrán que del cerdo, hasta los andares, porque de la cabeza al rabo del cochino, todo se aprovecha. Sobre todo si hablamos del ibérico, una raza autóctona, única y con notable diferencias sobre las demás. Su especial genética y su adaptación al medio —la dehesa mediterránea— lo convierten en un animal exclusivo, más aún si se compara con otras razas porcinas. Sus carnes son más oscuras (tienen mayor contenido en pigmentos hemo, es decir, hierro y minerales) y con una altísima disponibilidad. Pero, y esta es la diferencia sustancial, poseen una característica infiltración grasa en su masa muscular (lo llevan en el ADN), de ahí que su carne resulte jugosa y llena de sabor, nada que ver con el gusto insípido de la carne de cerdo blanco. Ah, pero es que además la grasa del ibérico es saludable (ya lo decía el profesor Grande Covián: el ibérico es un “olivo con patas”), con una considerable proporción de ácidos grasos insaturados o, lo que es lo mismo, beneficiosos para el colesterol.

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